¿Sabías que el sepulcro de Alfonso X en la Catedral de Murcia está flanqueado por las figuras de dos maceros?

Pero, ¿quiénes son los maceros? De entrada, nos vienen a la mente esos curiosos personajes vestidos con traje de época y peluca portando una maza, que suelen rodear a la Corporación Municipal en sus actos más solemnes e institucionales. Como recogen muchos reglamentos locales, los maceros son funcionarios con el puesto de ordenanza o, si queremos ser más fieles a la tradición, con el de agentes de la policía local, que son designados expresamente para esa función.

La indumentaria se basa en antecedentes históricos y su intervención está restringida a acontecimientos municipales muy concretos. Los maceros no saludan y no hacen reverencias; lo sujetan la maza, normalmente de plata o de plata sobredorada, y se sitúan en lugares preferentes durante la ceremonia en la que participan. Representan el poder y la autoridad de la institución a la que pertenecen.

Los maceros o porteros de sala son también denominados ‘Reyes de Armas’, ya que están muy relacionados con el elemento de lucha que portan y con la función de defensa del rey. Durante la Edad Media, algunas ciudades fueron recibiendo este privilegio y hoy en día incluso algunas Universidades y Reales Academias tienen derecho a tener maceros.

Los maceros del Ayuntamiento de Murcia, que sepamos, fueron concedidos por privilegio real en 1438 por Juan II. En ese momento, la merced indica que Murcia tiene derecho a un único macero, que se le debe costear una maza de plata y que será macero quien ocupase el puesto de portero y andador municipal. Resulta que sabemos el nombre de aquel primer funcionario encargado de defender y mostrar la dignidad de la corporación municipal: se llamaba Lorenzo Ballester.

El 23 de marzo de 1527, el Concejo murciano decide que sean dos sus maceros, posiblemente siguiendo la estética y el número de maceros que defendían el sepulcro que Ginés de León y Martín Florentín, por encargo de la corporación, habían tallado para la Capilla Real de la Catedral, donde se custodian el corazón y entrañas del rey Alfonso X en Sabio. Dos maceros guardan la simetría, flanquean y equilibran los actos solemnes.

En la inscripción del sepulcro custodiado por los dos maceros, podemos leer:

“Aquí están las entrañas de S. R. Don Alfonso X, el qual muriendo en Sevilla, por la gran lealtad con que esta cibdat de Murcia le sirvió en sus adversidades, las mandó sepultar en ella”.

Para algunos, la figura de los maceros puede parecer un anacronismo, pero son ellos los que mantienen el valor simbólico de la Corporación municipal, y los que han estado presentes, por ejemplo, en entierros reales como el de Felipe II en 1598, con sus tabardos de terciopelo carmesí, sus calzas, sus medias, su gorro, su peluca y el escudo de la ciudad bordado en el pecho.

En las Actas Capitulares y en los Libros de Mayordomo se puede constatar cómo, para las siempre enjutas arcas municipales, el gasto en tela, medias, guantes y metal para la maza está presente en las cuentas anuales. En 1598, el Concejo dispuso que fuesen cuatro los Reyes de Armas y que se colocasen a los pies y la cabeza del túmulo funerario construido para homenajear al difunto rey Felipe II.

En todas las procesiones del Corpus, junto a los carros con escenas y más tarde con la tarasca, los maceros eran un elemento fundamental de la pompa y el boato de la fiesta más importante en el calendario festivo anual. También en las visitas reales se les citaba en las crónicas, como en la de la reina Isabel II a nuestra ciudad, en las procesiones de Semana Santa y por supuesto en las constituciones de cada nueva Corporación.

Se hace necesario una investigación histórica sobre el origen de una institución que en otras ciudades se valora como lo que es, como un símbolo. Los ayuntamientos que tienen concedido este privilegio, recogen las condiciones y características del puesto en los reglamentos de honores y distinciones. En Murcia aún es una asignatura pendiente.

Clara Alarcón Ruiz.

Técnica de Cultura en el Museo de la Ciudad.

En la imagen, dos obras de Jesús Silvente: ‘Un corazón sabio I’ y ‘Un corazón sabio II’

(óleo sobre lienzo. 100 x 81 cm cada una).

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